Cómo rezó Jesús
En varias ocasiones los evangelios se refieren a la costumbre de Jesús de rezar al descampado y en el silencio de la noche (Lucas 5,16). Que hablara así con Dios, al margen de los ritos conocidos, debió llamar la atención de sus contemporáneos. También debió llamarla que rezara por otros (Lucas 22,31-32; Juan 14,15-16). En Israel no era frecuente la costumbre de que unos pidieran por otros. Interceder por los demás era propio del profeta, del hombre que sentía responsabilidad y preocupación por su pueblo.
Además, en las oraciones de las gentes sencillas de Israel, Dios era visto como un rey lejano. Rezar era una forma de rendirle homenaje. Por eso, existía la tendencia a orar con fórmulas fijas, solemnes, establecidas por antiguas tradiciones. Por eso, la oración que Jesús enseñó a los de su grupo, el Padrenuestro, tuvo que llamar muchísimo la atención: en ella Jesús llama a Dios “Abbá” (papá, papaíto). Al hablarle así, Jesús sacó la oración del ambiente litúrgico y sagrado en donde la había colocado la tradición de Israel y la colocó en el centro de lo cotidiano. Dirigirse a Dios con tanta espontaneidad y confianza debió resultar muy novedoso. Con el Padrenuestro, más que una fórmula fija para ser repetida en la oración, Jesús propuso una nueva relación de confianza con Dios.
Una actitud interior
Las oraciones no causan efecto porque Dios, Jesús, María o santos o ángeles en el cielo las escuchen y reaccionen benévolamente decidiéndose a ayudar con su poder a quien reza. Es ésta una visión arcaica que aparece en todas las religiones del mundo, pero no es una visión cristiana, no es lo que Jesús enseñó. Las oraciones pueden causar efecto ―consuelo, ánimo, paz, incluso sanar de alguna dolencia― pero no porque “convenzan” a Dios de que debe actuar, sino por la misma actitud interior en la que se coloca la persona que ora: reconociendo su vulnerabilidad, aceptando con humildad sus limitaciones, su fragilidad, sus miedos, confesando sus errores, disponiéndose a perdonar, a cambiar de vida, decidiéndose a vivir…
Medallas, escapularios…
Es una tradición muy arraigada llevar cruces, medallas o escapularios al cuello como expresión de religiosidad. El escapulario más popular es el de la Virgen del Carmen, quien según la tradición lo entregó María en 1251 a Simón Stock en Londres prometiéndole que quien muriera con ese pedazo de tela encima no iría a parar al infierno.
En una de las innumerables páginas de Internet sobre estas devociones se evidencia su carácter supersticioso. Se afirma que llevando al cuello medallas o escapularios, incluso una cruz, se logra “protección” en dos formas: se previene uno de “ir a sitios malos” y se asegura uno el resguardo divino, ya que estos objetos son señales visibles que le indican a la divinidad que “somos sus fans”.
El carácter también arrogante de esta devoción “cristiana” se refleja cuando se explica que si lo que se lleva encima por “protección” son collares de la santería o signos del zodíaco o cualquier otro tipo de amuletos, a quien se honra es a Satánas y se comete un pecado.
A Dios rogando…
La sabiduría popular ha recurrido tradicionalmente a dichos y refranes que expresan la necesidad de “poner de nuestra parte” y no rezar esperándolo todo de Dios. A Dios rogando y con el mazo dando es el refrán más popular en este sentido. También se dice: Reza, pero sigue remando. Y cantan Los Guaraguao: No basta rezar / hacen falta muchas cosas para conseguir la paz. Y decía Ignacio de Loyola: Trabaja como si todo dependiera de ti y confía como si todo dependiera de Dios. Y decía el teólogo Dietrich Bonhoeffer, convocando a una responsabilidad personal permanente que ser cristiano es vivir como si Dios no existiera.