El río Jordán
El Jordán es prácticamente el único río que riega las tierras de Israel. Nace en el norte, cerca del monte Hermón, y desemboca en las aguas salobres del Mar Muerto, el lugar más bajo del planeta, a casi 400 metros bajo el nivel del mar. El valle del Jordán es una prolongación del valle del Rift, formado hace 10 millones de años al fracturarse el continente africano, evento geológico decisivo en la aparición de la especie humana.
El bautismo de Juan
El agua y su capacidad de purificación ritual es un elemento presente en prácticamente todas las religiones y corrientes espirituales del mundo.
El rito del bautismo que Juan popularizó, y que Jesús recibió, significaba un reconocimiento público de estar dispuesto a preparar el camino al Mesías. Tenía el sentido de decidirse a un cambio de vida, a una “conversión”. El bautismo de Jesús fue el punto de partida de su “vida pública”, el momento en que Jesús sintió que quería hacer con su vida algo para cambiar la situación de su país, para compartir con sus paisanos la idea que él tenía de Dios, para cambiar la idea que de Dios prevalecía entre sus paisanos y que les impedía liberarse y vivir.
El rito de Juan era colectivo y simbólico. Después de confesar sus faltas, Juan hundía a la gente en las aguas del río como señal de limpieza y de renacimiento: el agua purifica y de las aguas nace la vida. Los esenios practicaban abluciones purificadoras, como lo evidencian las piscinas rituales encontradas en las ruinas del monasterio esenio de Qumran. Muy probablemente, Juan estuvo vinculado a este grupo religioso.
Bautizarse es sumergirse
Los primeros cristianos que vivieron en tierras de Israel se bautizaban sumergiéndose en las aguas del río Jordán, repitiendo el rito de Juan. Los de otros lugares lo hacían en ríos o en estanques. La misma palabra “bautismo” viene de la palabra griega que significa “sumergirse”, “hundirse en el agua”. Con los siglos, esta costumbre se fue perdiendo y hoy, en el rito católico sólo han quedado unas pocas gotas de agua que el sacerdote derrama sobre la cabeza del nuevo cristiano. Los cristianos de rito ortodoxo y algunos cristianos evangélicos siguen practicando el bautismo por inmersión en ríos y aún en las aguas del mar.
Porque los bebés nacen en pecado…
La costumbre del bautismo por inmersión fue retrocediendo en la medida en que se generalizó el bautismo de niños, una práctica que ya aparece en escritos del siglo II, y que fue alentada en la medida en que la teología cristiana se aferró más y más a la idea de que todos nacemos en pecado, lo que desembocaría muy pronto en el dogma del “pecado original”.
La base para alentar esta idea la encuentra esta teología en una interpretación literal del texto de Pablo en 1 Corintios 15,21 y en Romanos 5,12. La idea fue sistematizada y adornada en el siglo IV por el obispo Agustín de Hipona, el gran San Agustín ―el teólogo más influyente en la teología cristiana entre Pablo y Lutero―, a quien puede considerarse el “padre” de la doctrina del pecado original y en consecuencia, el padre de la tradición que denigra la sexualidad humana, por ser la vía para la “transmisión” de ese pecado. Esta nefasta doctrina es aún central para la teología oficial católica.
Hasta la actualidad ese “pecado original” sería la principal razón del bautismo de recién nacidos. Razón y hasta obsesión, porque ha habido campañas para bautizar a los bebés inmediatamente que nacen y hay campañas para bautizar hasta a los fetos abortados. Obsesión basada en el miedo: la creencia de que las almas de esas criaturas, aún de las no formadas, irían a parar por causa del “pecado original” al limbo, un “lugar” en el que ni ven a Dios ni vuelven a ver a sus padres. Después de siglos alimentando esta absurda creencia, en mayo de 2007 el limbo “fue cerrado” oficialmente por los teólogos vaticanos. ¿Desaparecerá, en consecuencia, la costumbre del bautismo de bebés?
Bautismo de niños: un tema polémico
El sentido del bautismo de los niños fue debatido por los pelagianos, quienes por negar el dogma del pecado original fueron considerados herejes por la iglesia oficial. Sostenían los pelagianos (siglo IV y V) que a los niños se les bautizaba no para perdonarles ningún pecado, sino para hacerlos mejores y darles la categoría de hijos adoptivos de Dios. La iglesia oficial los persiguió cruelmente, insistiendo en que aun el niño recién nacido está bajo el poder del mal.
El Concilio de Florencia (1442), en su decreto contra los jacobitas ―otro grupo considerado hereje―, reafirmó esta doctrina, declarando que el bautismo no debía ser pospuesto ni siquiera por 40 u 80 días, como era la costumbre de algunas personas. La razón: El peligro de muerte, que puede suceder a menudo, porque no hay otro remedio disponible para estos infantes excepto el sacramento del bautismo, que los libra de los poderes del demonio y los hace hijos adoptados de Dios. Esta creencia de inocentes bebés en manos del diablo se expresa en el rito del bautismo católico, en el que se incorporan exorcismos en rechazo “a Satanás, a sus pompas y a sus obras”, que los padrinos deben hacer en nombre de la criatura.
A partir de la Reforma protestante en el siglo XVI, empieza a haber entre los cristianos reformados opiniones contrarias al bautismo infantil, aun cuando Lutero sí lo mantuvo. Los anabaptistas, por ejemplo, enfrentaron a los luteranos por negarse a bautizar niños, lo que provocó hasta guerras. Las únicas denominaciones protestantes que mantienen actualmente el bautismo infantil son la luterana y la morava. En la iglesia anglicana, en la copta, en la maronita y en las iglesias ortodoxas de Europa oriental y Medio Oriente también se practica el bautismo de bebés.
El ciego, las uvas verdes y la dentera
En tiempos de Jesús se creía que toda desgracia y toda enfermedad eran consecuencia de un pecado cometido por quien las padecía. Esta creencia estaba basada en las Escrituras. En el libro del Éxodo Dios advierte que castigará las faltas de los padres en las tres generaciones siguientes (20,5), y aunque posteriormente el profeta Jeremías y el profeta Ezequiel cuestionaron esta idea y enfatizaron la responsabilidad individual, muchos contemporáneos de Jesús seguían creyendo en males heredados por causa de pecados de los antepasados.
Creían que Dios castigaba en proporción exacta a la gravedad de la falta. Se creía también que Dios podía castigar “por amor”, para poner a prueba a los seres humanos. Si aceptaban estos castigos con fe, el mal se convertía en una bendición que ayudaba a tener un más profundo conocimiento de la Ley y se facilitaba el perdón de los pecados. Los maestros de la Ley, detallistas y escrupulosos en la discusión de estas ideas, enseñaban que ningún castigo que viniera del “amor” de Dios podía impedirle al ser humano la lectura y el estudio de la Ley. Por eso, la ceguera era vista siempre como gran maldición y auténtico castigo, clara prueba de un pecado personal o de un pecado heredado de los antepasados del enfermo.
Es precisamente ante ese caso extremo del castigo divino, el caso de un ciego de nacimiento, que Jesús cuestionó estas creencias: ni el ciego había pecado ni tampoco había heredado ningún pecado de sus padres (Juan 9,1-41). Jesús fue categórico: ninguna enfermedad es castigo de Dios, la responsabilidad por los pecados es individual, los pecados no se transmiten. Para explicarlo, Jesús emplea la reflexión que siglos antes ya había hecho el profeta Jeremías: si los padres comieron uvas verdes los hijos no sufrirán la dentera (Jeremías 31,29-30).