Una creencia religiosa
Cuando se vive pendiente de la “voluntad de Dios”, creyendo que todo lo que ocurre en el mundo y todo lo que nos ocurre es por “voluntad de Dios” estamos viviendo de acuerdo a una concepción de la historia, del mundo y de la vida que se llama “providencialismo”, la creencia de que Dios es el verdadero protagonista y sujeto de la historia y de que los seres humanos somos sólo instrumentos en sus manos.
Para el providencialismo, Dios es justo y cuando nos suceden males, sólo son “pruebas” de Dios para ver si somos fieles, para ver hasta cuánto aguantamos, para ver si renegamos de él. Para el providencialismo, el tiempo humano, la historia, carece de valor y las recompensas o castigos verdaderos sólo ocurrirán fuera del tiempo, en la eternidad. Para el providencialismo, “los caminos de Dios son inescrutables” y el ser humano no puede comprenderlos, tampoco cuestionarlos.
Muchos dichos y refranes populares expresan el providencialismo de la cultura religiosa tradicional: “Lo que está pá ti nadie te lo quita”, “Dios proveerá”, “Árbol que nace torcido nunca su rama endereza”... Otros matizan, con sentido común, ese fatalismo: “Al que madruga Dios lo ayuda”. Y otros vuelven a las andadas: “No por mucho madrugar amanece más temprano”.
También hay ideas, nacidas de las filosofías orientales, que hacen eco al dicho de Jesús “A cada día le basta su afán”. Se le atribuye al Dalai Lama ésta: “Sólo existen en el año dos días en los que no puedes hacer nada. Uno se llama ayer y el otro mañana. Por eso, hoy es el único día en que puedes hacer algo, el único en que puedes vivir”.
Uno de los frutos más valiosos de la Teología de la Liberación fue empezar a cuestionar el sentido providencialista de la religiosidad popular, haciendo a la gente responsable de cada uno de los días de su propia historia, haciéndola “sujeto de su liberación”.
El providencialista san Agustín
El providencialismo es esencial en el cristianismo tradicional. Está en la raíz de la cultura religiosa latinoamericana, que no vivió colectivamente el impacto liberador de la Reforma protestante y de la Modernidad. Se considera que Agustín, obispo de Hipona, es el primer gran providencialista de la iglesia. En su vida, Agustín fue testigo de la caída del poderoso imperio romano en manos de los pueblos bárbaros e interpretó que semejante cataclismo histórico, sólo podía haber ocurrido por la “voluntad de Dios”. Siguiendo esa interpretación providencialista de semejante acontecimiento histórico, Atila, el jefe de los hunos, que sitió Roma y Constantinopla, fue llamado por los cristianos de entonces “el azote de Dios”, un título que refleja ideas providencialistas: más que un guerrero capaz, Atila era una “prueba” de Dios.
La historia: un proceso lineal guiado por Dios
La idea providencialista arraigó durante siglos. En los primeros años de la conquista de América por los españoles, muchos autores católicos difundieron la idea de que el “descubrimiento” de este continente como territorio para evangelizar había sido una acción providencial de Dios, una decisión de su voluntad divina, para compensar a la iglesia por los males causados a la Cristiandad europea por la Reforma protestante.
El providencialismo presenta siempre la historia como un proceso lineal regido por Dios: desde un origen hasta una meta prefijada de antemano por la Divina Providencia, desde una situación negativa a causa del pecado original hasta un final de salvación, que sólo se alcanza en el “más allá”. Para el providencialismo, nada de lo que sucede es responsabilidad plena de la voluntad humana, sobre la que prevalece la voluntad de Dios, que diseña el destino de los individuos, de las naciones y del mundo entero. La doctrina de la “predestinación” ―también desarrollada por Agustín y siglos después defendida por Lutero y Calvino― es una expresión radicalizada del providencialismo. Naturalmente, estas ideas dejan por el suelo el sentido de la libertad humana.
El caldo de cultivo de la resignación
El politólogo nicaragüense Andrés Pérez Baltodano ha reflexionado amplia y críticamente sobre el providencialismo, también sobre sus consecuencias políticas. Achaca al providencialismo la resignación que caracteriza la cultura política en Nicaragua y, en mayor o menor grado, en la mayoría de los países latinoamericanos. Esa cultura la caracteriza como de “pragmatismo resignado”. Algunas de sus ideas:
El “pragmatismo resignado” es un concepto que empleo para explicar nuestra visión de la historia y de nuestro papel en la historia. El “pragmatismo resignado” es un pensamiento, una cultura, que nos empuja a adaptarnos a la realidad y a aceptarla tal cual es. El pensamiento pragmático resignado no tiene voluntad transformadora. Con ese pensamiento no somos capaces de escandalizarnos ante la realidad que vivimos para transformarla… Con ese pensamiento nos hemos habituado a los brutales niveles de pobreza que sufren nuestros conciudadanos. Y a la impunidad y a la corrupción de nuestros gobernantes.
¿Y de dónde surge el pragmatismo resignado? ¿De dónde surge esa cultura, esa manera de pensar el poder y la historia? Yo pienso que el pragmatismo resignado tiene una de sus principales raíces en el providencialismo que ha dominado nuestra cultura religiosa. El providencialismo es una visión de la historia que nos lleva a creer que Dios es el que organiza cada movimiento de cada uno de nosotros. Es una manera de ver la vida, en la que Dios es el responsable de lo que le sucede a mi tío, a mí, a Nicaragua como sociedad, a Irak y al resto del mundo. En esa visión de la historia marcada por el providencialismo, Dios, no nosotros, es el regulador, el administrador, el auditor de todo lo que sucede en la historia.
Algunos teólogos diferencian entre lo que es el “providencialismo meticuloso” y el “providencialismo general”. Y afirman que en algunas sociedades prevalece el meticuloso y que en otras transformaron el meticuloso en general. Providencialismo meticuloso es pensar que Dios está a cargo de todo: de la lluvia y de la sequía, del cáncer que aparece y del que se cura y del rumbo de cada huracán. Dentro del providencialismo general, hay quienes afirman que Dios creó el mundo y que después nos dejó solos, mientras que otros dicen que actúa de vez en cuando. En el providencialismo general hay siempre espacios para la libertad. Yo personalmente, pienso que lo que necesitamos no es sacar a Dios del juego, sino movernos del providencialismo meticuloso en el que vivimos para buscar y encontrar el lugar de Dios y el de nuestra libertad. Y en ese camino, si alguien decide ser ateo, que lo sea, pero un ateo serio.
¿Cómo saber cuál es la voluntad de Dios?
El providencialismo es difundido hoy activamente por el catolicismo oficial, en sus medios de comunicación, en predicaciones y devociones “a la Divina Providencia”. Una de las más populares voceras católicas, la Madre Angélica, dice, por ejemplo: Muchos se hacen la pregunta: ¿Cómo sé cuál es la voluntad de Dios para mí? La respuesta es simple: “Si sucede, es voluntad de Dios. No es relevante si Dios lo ordena o si Dios lo permite, porque nada nos sucede si Él no lo ha visto de antemano, teniendo en cuenta el bien que se obtendrá de ello y esperando su sello de aprobación.
La sumisión a la voluntad de Dios que surge de ideas como éstas tiene también mucho que ver con el poder institucional de la iglesia. Muchos “voceros” de las iglesias responden que la voluntad de Dios es la que se expresa en la palabra de sacerdotes y pastores que interpretan la Biblia y las tradiciones… De tal manera que obedecer la voluntad de Dios termina siendo obedecer la voluntad humana, y seguramente interesada, de las jerarquías que dicen representarlo.
Todo es más sencillo. Pero no necesariamente más fácil, porque también es real el “miedo a la libertad”. Superando ese miedo, debemos hacernos responsables de nuestra vida y de la historia. Debemos crecer, debemos madurar como adultos. Cuando Jesús le dice a Raquel: La voluntad de Dios es… no creer en la voluntad de Dios, recuerda la oración del químico alemán Otto Hahn, Premio Nóbel de Química en 1994, que rezaba así: Que Dios me dé fuerzas para no confiar ciegamente ni en Él mismo.