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OTRO DIOS ES POSIBLE
¡100 entrevistas exclusivas con Jesucristo en su segunda venida a la Tierra!
 
Entrevista 57
 


Más allá…

Todas las religiones dan respuesta a la cuestión del sentido de la vida y de la historia y ofrecen ―y ése es su principal atractivo― la certeza de una realidad “más allá” de la vida que conocemos, de una vida que trasciende la muerte. En el judaísmo clásico tardío esa realidad se llamó “resurrección”, en el cristianismo se habla de “vida eterna”, en el Islam se promete el “paraíso”.

 

La última frontera

En la cultura de muchos pueblos no cristianos la muerte es recibida con una naturalidad que el cristianismo ha olvidado. Los egipcios tenían una hermosa visión de la muerte: morir era llegar a la otra orilla. En ese viaje, el pájaro-alma se elevaba hacia el sol, perpetuando su existencia en la imagen del dios Osiris. En algunos pueblos indios norteamericanos no sólo se aguarda con serenidad la muerte, sino que se sale a su encuentro. Cuando las personas sienten en su cuerpo que ya llega la muerte, se despiden de sus familiares y de sus amigos, se alejan de su campamento y se sientan solos, solas, a esperarla. La invocan y así, antes que la muerte física los toque, ya han dispuesto su espíritu, diciendo adiós, muriendo a todo lo que ha sido su vida.

En la cultura cristiana, tan influida por la filosofía occidental, centrada en el yo, el miedo a la muerte es lógico: porque en la muerte nuestro yo se disolverá. Y no logramos imaginar una continuidad de nuestra vida sin una continuación de nuestro yo. El atractivo de las religiones es ése precisamente: que nos prometen la salvación en un futuro, y esa salvación futura incluye la permanencia del yo. Por otro lado, al haber separado al ser humano de la Naturaleza, al haber hecho tan profunda la dicotomía cuerpo-espíritu, la cultura cristiana rodea la muerte de negatividad y hasta de terror.

Una perspectiva alternativa, verdaderamente cristiana, nos haría ver la muerte como una fase indispensable, natural, del proceso de la vida, una meta presente en todos los procesos vitales. La muerte es una señal de que la Naturaleza domina sobre la vida individual. Pero cuando el ser humano no se ha sentido ligado a la Madre Naturaleza o se ha sentido superior a ella, con derecho de dominio, recibirá a la muerte como un destino impuesto desde fuera y como algo tétrico.

 

Si no hubiera muerte…

En su novela “Las intermitencias de la muerte”, el Premio Nóbel de Literatura, el portugués José Saramago crea una trama sorprendente. En un país cualquiera ocurre algo insólito: la muerte decide suspender su trabajo y todo el mundo deja de morir. Inicialmente, esto causa euforia, pero muy pronto sobreviene el caos y la desesperación. Si no hay muerte, no hay tiempo y, entonces, habrá para todos una vejez eterna, que muy pronto resulta insoportable. En la desesperación de una situación que no logran administrar ni asimilar, todos buscarán formas, correctas y turbias, compasivas y “maphiosas” para lograr que la muerte vuelva a actuar. Hasta que un día la muerte decide reaparecer… La reflexión que se deriva de este osado argumento puede ayudarnos a entender el sentido de la muerte en nuestra limitada vida.

 

Ascensión y asunción “a los cielos”

Cuando en el cristianismo tradicional se afirma que, al morir, se destruye el cuerpo y el alma inmortal entra en la vida eterna, se está estableciendo una jerarquía, en la que el cuerpo resulta inferior y de menor valor. Esta idea de la superioridad del espíritu sobre el cuerpo que atraviesa toda la tradición cristiana, ha tenido consecuencias negativas de todo tipo, pero no procede de Jesús, para quien el cuerpo es el templo de Dios y lo divino no está ni arriba ni fuera de lo humano. Los dogmas católicos de la Ascensión de Jesús a los cielos y de la Asunción de María, su madre, a esos mismos cielos, tratan de compensar la arraigada idea católica del desprecio al cuerpo, estableciendo un privilegio especialísimo para, al menos, dos cuerpos humanos.

 

Asunción: un dogma de fe

La tradición de un Dios “arriba”, habitando en el cielo lejano, es central en la doctrina oficial católica. En noviembre de 1950, Pío XII, hablando “ex cátedra” ―y esto según la doctrina papal del siglo anterior era hablar infaliblemente― proclamó el dogma de la asunción de María al “cielo” con estas categóricas palabras: Declaramos, promulgamos y definimos que es un dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, María siempre Virgen, al terminar su vida terrenal fue elevada a la gloria celestial en cuerpo y alma. Por tanto, si alguno se atreve (Dios no lo permita) a negar voluntariamente o a dudar de lo que ha sido definido por nosotros, sepa que ha apostatado completamente de la fe divina y católica.

 

Ascensión: una metáfora

La Ascensión de Jesús no es un dogma de fe. Como aparece en los relatos evangélicos (Mateo 28,16-20; Marcos 16,19-20; Lucas 24,50-52; Hechos 1,3-11), la doctrina oficial considera esa “subida” como un hecho “histórico”, uno más de los datos que componen la “biografía” de Jesús. Pero ese episodio es una metáfora: cuarenta días después de morir, Jesús “subió a los cielos”. El número 40 es un número simbólico a lo largo de toda la Biblia. En este caso, significa que fue un período completo e irrepetible, en el que quienes integraron el movimiento de Jesús y creyeron en su mensaje se convencieron definitivamente que Jesús seguía con ellos y en ellos y que ya estaba en las manos de Dios, que Dios, y no los injustos, “había ganado la partida”.

 

El cielo será una fiesta

El cielo es lo que vemos “arriba”, el manto azul que cobija la tierra, en donde corren las nubes y brilla el sol, la luna y las estrellas. Una mayoría de tradiciones religiosas ha situado a Dios en el “cielo”, en ese “arriba”, externo, lejano y superior. Jesús no. Jesús hablaba de Dios “dentro” de cada persona y hablaba también de hacer presente a Dios en relaciones humanas justas e incluyentes, solidarias y compasivas.

Jesús habló muchas veces del cumplimiento pleno del Reino de Dios, pero nunca llamándolo cielo. En muchos pasajes de los evangelios aparece el concepto “Reino de los cielos”, que no es de Jesús, que siempre habló y predicó el “Reino de Dios”.

Nunca Jesús se refirió tampoco a un final desvinculado de la historia. Utilizó varias imágenes para hablar del futuro, del “mundo nuevo”: los seres humanos verán a Dios con sus ojos, se repartirá la herencia, se oirán risas de fiesta, la familia de Dios se sentará a la mesa de un banquete, se partirá y repartirá el pan de la vida… Y todo cambiará: los últimos serán los primeros, los pobres dejarán de serlo, los hambrientos serán saciados, quienes lloran reirán…

Lo más original del mensaje de Jesús y de su movimiento es plantear que todo esto comienza ya en la tierra, en el mundo de las relaciones humanas: viviendo en comunidad y solidariamente, compartiendo, sirviendo, cuidando la vida, sanando a quienes están enfermos o están tristes… Todo esto inicia aquí como un atisbo de lo que será la plenitud. La imagen del banquete de fiesta con la casa llena a rebosar fue central en el lenguaje usado por Jesús para hablar sobre el futuro (Mateo 22, 1-14). El “cielo” será una fiesta colectiva y sin fin.



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